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| A por la primera boya! En San Francisco, no en Elche |
El caso es que, a tres días de Elche y tras haber medio superado un amargo bache en que me he planteado dejar Elche e incluso el triatlón por una temporada, siento una cierta ilusión, no lo puedo negar. Estoy a punto de hacer o intentar hacer uno de los triatlones con más tradición y más ambiente de España. Un triatlón en el que se trata bien al triatleta y en el que los triatletas importamos. Vale. Todo eso está muy bien. Testimonios de expertos me aseguran que es un MD fácil, con un recorrido fácil y con un mar que no suele estar agitado. Vale. Todo eso está estupendo. Más testimonios de expertos me aseguran que es un triatlón para pasarlo bien y disfrutar y para dejarse llevar por el tri-espíritu. Vale, vale. Estupendo.
Aun así, además de esa ilusión, tengo una colonia de mariposas dando vueltas por el estómago: en otras palabras más llanas, tengo un canguele importante (por no decir galopante). Y es que llevo días (y con el subconsciente, probablemente semanas) pensando en esa segunda boya a 550m de la costa: vamos, al ladito de Menorca. Esto pone de manifiesto que mi manera de entender la natación en aguas abiertas (especialmente en el mar) sólo puede ser calificada como de principiante absoluto. Sin duda, ganar confianza en el mar es una de mis urgencias si es que quiero continuar con todo esto. De hecho, una de las ideas que el domingo me puede animar a echarme al agua con alegría es pensar que esa boya a 550 metros de la orilla es una especie de rito de paso para evolucionar y seguir con esto. Así que, a bordo de páginas web con animaciones de olas y de vientos y de temperaturas del água (internet es el paraíso de los frikis de todos los estilos), me sorprendo pensando que esto habrá que intentarlo -que no queda otra y que el domingo tocará un madrugón de muerte (mi salida es a las 8 de la mañana, por lo que tendré que levantarme a las 5.30 o antes) y mucha fortaleza mental con el mantra boya-boya-boya dando vueltas en la cabeza.
Volviendo al principio de la entrada: a veces, sólo a veces, también me gustaría ser un triatleta de los que no expresan (al menos de manera tan expuesta y tan abierta) sus emociones. Este enfoque tan emocional del triatlón en un espacio público como un blog no creo que me favorezca mucho de cara a la galería del tri. Exponerse de esta manera, con algunas luces y con tantas sombras, es un tanto atípico y desentona en el mundillo, donde se estilan más otros postureos (cómo se ha puesto de moda esta palabra en el deporte) que el andar llorando por las ciberesquinas. Lo sé. Es por eso que, a menudo, me pregunto de dónde salen los lectores de este blog: creo que, del mundo del triatlón, debe salir tan sólo un porcentaje mínimo. A propósito de todo esto, el otro día me sorprendió un comentario de una amiga virtual de Twitter -Nayra me daba las gracias por escribir aquí y me comentó que estaba sobrecogida porque mi honestidad desarma. Eso de presentarme tal y como soy, con esas luces y sombras, es algo que, desde el principio he hecho en el blog. Me gusta seguir con este enfoque deportivo intimista con el que otra amiga, Carmen, calificó Triatloneando. Y sí, me encanta escribir de manera honesta sobre lo que pienso y siento y me encanta abordar el tri como un proceso de evolución personal. Pero aun así, me hace gracia pensar lo que el mainstream del triatlón pensará si se encuentra con estas entradas tan retorcidamente emocionales. Cerramos el previo con unas preguntas curiosas: ¿es Triatloneando un blog de triatlón? ¿ha servido alguna vez de algo desde el punto de vista deportivo o de entrenamientos? ¿son los lectores de estas entradas triatletas o deportistas? Y, una muy importante y con mucha retranca: ¿se puede ser triatleta sintiendo tanto canguele al pensar que la segunda boya de Elche está medio kilómetro mar adentro?
P.S. Obvio una pregunta por evidente: ¿sabe el aprendiz de triatleta a lo que se expone emocional y deportivamente el domingo?






